Charla
Puede ser un precipicio.
Te conozco
me conoces.
Nos vemos y no nos conocemos.
Quiero morderte,
me quieres morder.
Nos reímos incómodos
nos abrazamos
y nos seguimos riendo incómodos.
Y veo un amanecer de verano
con una brisa de protagonista
al cerrar rápido tus párpados
y al ensayar una sonrisa.
Pero no es todavía.
Lo que sí es, es esta noche incómoda.
Y lo callo.
Y lo callas.
Y hablamos incómodos.
Fuego
Quemó las cartas porque allí estaban todas las palabras y promesas que ella le había mentido.
Quemó la taza que ella le había regalado porque no quería que el café de la mañana ni el té de la tarde se la recuerden.
Quemó los pantalones y remeras que ella le dio, para no llevarla más encima.
Quemó los pañuelos que lloró, porque ella no merecía las lágrimas que murieron allí.
Quemó la mesa en donde tantas veces conversó con ella, para no tener que sentir el vacío que había en la silla de enfrente.
Quemó sus fotos con ella, para negarse que la etapa más feliz de su vida sólo permaneciera en un papel.
Quemó los discos que escuchó con ella, porque las letras de las canciones no sonaban igual cantadas por él solo.
Quemó las sábanas y el colchón en donde tantas veces hizo el amor con ella, porque no podía verlos sin ella. Y porque no soportaba la idea de que ella conociera otro colchón y otra sábana (probablemente mejores que la suya).
Y cuando miró a su alrededor, todo era fuego.
Y no quedaba más nada por quemar.
Pero ella seguía presente. Seguía retumbando. Volaba. Hablaba. Reía. Reía mucho. Se burlaba. Lo ninguneaba. Lo mataba.
Entonces él se prendió fuego.
Tiempo después, sin agua ni viento de por medio, en el Instituto del Quemado, una enfermera le sanaba las heridas.
Está lloviendo
(llueve)
me susurró ella.
(¿sabés qué es lo que más me gusta de la lluvia?)
le pregunté para decirle:
(el mojarme el pelo…)
y, por suerte, ella replicó:
(a mí me gusta andar descalza bajo la lluvia)
(¿viste?)
dije…
(si nos abrazamos, la lluvia nos atraviesa…
desde la cabeza… a los pies)
Montaña rusa
Al principio me encantaba.
Ver cómo daba vueltas me entretenía.
Cómo iba y venía. Subía y bajaba.
Empinaba lento y caía rápido, para estabilizarse y volver a la cima.
Tiempo después ya no me agradaba tanto ese vaivén.
Y ahora, decididamente, no lo quiero para mí.
No sé si es que me aburre, me pudre o me cansa.
Pero sí sé que no lo necesito.
Siempre me pasa eso cuando lo inestable se vuelve rutina.
No.
No me gusta ser el operario de la montaña rusa.
Prefiero buscarme otro trabajo.
O, al menos por un tiempo, estar desocupado.
Usted
Lea qué hermoso es el mundo si está usted.
Sépalo. Sorpréndase y pregúntese.
Y luego (recién luego) salga y camine.
La espero en esa calle que usted caminará.
No me diga de qué color llevará la remera.
O qué adorno tendrá en el cabello.
Simplemente sonría.
Así la reconozco. Así la distingo de las demás.
Porque no sé cómo es usted.
No sé de qué color son sus ojos.
O qué defecto me delatará su imperfección.
Sólo sé que quiero estar con usted.
Camine.
Camine la noche
mirándola y note como ella
se esfuerza tratando de imitarla.
Pero no puede.
Camine. Camine mucho.
Que un beso mío la va a sorprender
en una esquina.
Y así continuaré escribiéndola.
Y empezaré a saberla.
Y a confirmar que es con usted,
mi demorada desconocida,
con quien quiero estar.
Marchas
Seguir andando. Dignidad.
Con tajos y grietas cutáneas.
Y una lava dérmica que se enfría con el viento
chocante de ir en marcha.
Correr.
Caminar.
Gatear.
Arrastrarse.
Pero ir.
Dolor terrible. Pero andar digno.
Ir secándose las lágrimas con todos los soles.
Ir apaciguando las quemaduras con todas las lluvias.
Transeúntes. Burlarse del mundo andando.
Violar al mundo creando otro.
Si se arrancan los brazos,
si se derriten las piernas,
si se deshace el alma,
nunca quedarse. Los pasos no se borran.
Nunca SER para nadie.
correrse la etiqueta
con la saliva, con el semen o con la sangre.
Pero correr.
Correrse corriendo.
Ir de noche, de madrugada.
Marcha matinal y vespertina.
Caminar despierto y trotar dormidos.
Mutilándonos en el camino. Pero ir.
Seguir andando.
En vida o en muerte.
Pero seguir andando.
Alivio
En estas épocas de calor..
de sumo, espeso y denso calor, solo me aliviaría…
un tsunami directo a mí…
Y esperarlo.
De frente, con los ojos cerrados y los brazos abiertos.
de sumo, espeso y denso calor, solo me aliviaría…
un tsunami directo a mí…
Y esperarlo.
De frente, con los ojos cerrados y los brazos abiertos.
Placer
Y la bestia se lo mandó entero.
- ¡No! Así no – grité casi enojado. – Primero se le come la cáscara, bien comida. Pequeños roces con los dientes. Y luego, recién luego, se come uno, delicadamente, el relleno. Despacio. Saboreándolo - le dije como si fuera un experto que cree tener la capacidad de enseñar a disfrutar. (Y eso que callé sensaciones más fuertes, como la de no entender cómo puede haber gente que no los coma a mi manera).
- ¿Y qué? Yo disfrutó así el bonobón – dijo comiéndose impunemente el segundo.
Me quedé sin respuestas.
Ahí comprendí que el placer y sus formas, no son universales.
Que cada uno disfruta como quiere (o como puede).
En fin, pese a demostrarme que estaba equivocado (y la angustia que eso conlleva), ese dulce me reveló un consuelo.
Buscar
barbaridad encontrada y cedida por cristina schwab
gracias por su talento, niña
gracias por su talento, niña
claro
oh dios
¡claro!
el problema de la gente
es que “espera” encontrarte
“espero que nos encontremos
en cualquier parte”
digo yo
¿no sería mejor que me buscaras?
Tres días en la vida
Ese día, en un momento…
Unas lentejas cortaban papas y picaban rúcula...
Una lenteja cortaba tomate...
Otra lenteja jugaba con un perrito...
Algún lentejón soñaba con retratar todo junto en una sola fotografía...
Un lenteja rabiaba porque el asado se demoraba (pero era para disfrutar más y más la previa)...
Otro lenteja peleaba para abrir un vino...
Dos lentejas se contaban chistes y reían, reían...
Y yo estaba ahí diciéndome, como en secreto, en un susurro interno... "siempre quise esto"...
Podrán robarnos todo.
La confianza, la alegría, las ganas (a veces).
Podremos perdernos. Podremos dejar de encontrarnos.
Podremos andar distintos caminos después del punto.
Pero, mis queridas y queribles legumbres...
siempre tendremos Villa Urquiza…
Paz
Pararme delante del ventilador.
Abrir el congelador y paralizarme un instante.
Asomar la cabeza por la ventanilla del auto en marcha.
Abanicarme con la revista del domingo.
Escuchar como llueve en el techo de chapas.
Recibir el agua de la ducha en pleno rostro.
Disfrutar lentamente del chocolate más sabroso.
Hacer rodar por mi frente un vaso de vino frío.
Regalarle a mi cara el sol de una siesta de junio.
Mirar al cielo y que la llovizna me sorprenda sin paraguas.
Un beso tuyo.
Martina
Como una picardía del destino, al otro día, después de que pasara ese gran primer momento, Martina se sintió feliz porque descubrió, con ese llamado, que había alguien que pensaba en ella (o que al menos empezaba a pensarla).
Estornudó riendo esta vez, cuando notó que la lluvia de la tarde anterior no solo les iba a dejar un resfrío como huella.
Martina, una tarde, cayó en la cuenta que su lazo con él tenía algo nuevo, único. Por primera vez sentía que una relación era mejor siendo vivida que siendo contada.
Un día de campo, mientras todos corrían divertidos y ella tomaba sol al costado de la pileta, él pasó rápido, furtivo y le dejó un papel en la palma de su mano en el que le decía, simplemente, que la amaba. Todo para que Martina cerrara sus ojos, suspirara y sonriera.
A Martina le encantaba sentir el calor de la pierna de él cuando se sentaban juntos en alguna reunión.
La lengua de Martina no distinguía entre el sabor del chocolate que él le regalaba cuando la esperaba a la salida de su trabajo, y el cuello de él en alguna siesta que dejaba de ser aburrida.
A Martina le fascinaba capitular en sus guerras ante una mirada de él.
Sin embargo, todo lo narrado pasó en un tiempo que no fue.
Una pena por ella. Porque esa tarde lluviosa, cuando le sonrió con compasión y le dijo a él que no, Martina no sabía lo que se estaba perdiendo…
Segundos
En diez segundos puede caer un boxeador.
En nueve segundos tu hijo puede ver el mundo.
En ocho segundos la oruga puede ser mariposa.
En siete segundos puede nublarse y llover.
En seis segundos puedes tener un orgasmo.
En cinco segundos todo puede empezar.
En cuatro segundos Dios puede dejar de existir.
En tres segundos la advertencia deja de serlo.
En dos segundos te suceden mil imágenes.
En un segundo te pueden dejar.
10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1, …
De la nada, nada sale.
Ella
Ella, un mediodía, mientras cortaba una porción de lasaña a mi lado, me dijo que si hay sufrimiento, no hay amor.
Ella, una siesta, mientras tomábamos un helado en la peatonal, me comentó que buscaba a alguien que la haga reír y la inunde con besos.
Ella, una tarde, con una lágrima que no me enseñó nunca, me suplicó que no me expusiera más.
Ella, una noche, me abrazó para llorar la ausencia de esa persona a la que, esa noche, realmente quería abrazar.
Ella, pese a todo lo que me dijo, me prometió que nunca, pero nunca me iba a decir “te lo dije”.
A ella le conté mis alegrías más copiosas y mis tristezas más recientes.
Ella me contó sus secretos más felices y sus grises más oscuros.
Siempre me recibe riendo.
Siempre me despide en abrazos.
Por suerte tengo un pequeño pedacito de soberanía sobre su corazón.
Ella me dio mucho. Y me sigue dando.
Yo, en este abrazo de palabras, en este almuerzo de cariños, en este helado bien dulce… quiero devolverle algo.
A ella. A la hija. A la amiga. A la novia. A la hermana. A la amante. A la guerrera. A la mujer.
A ella que son ellas.
A esa mujer que pese a lo que digan algunos médicos de manera arbitraria, siempre escucha, mejor que nunca, mejor que nadie…
Porque encima ilusiona. Porque mujeres como ellas son posibles y, desde su humildad, es la primera en admitirlo. Pero ella es ella. Y sólo ella.
Por eso, a ella, quiero homenajearla desde aquí. Y regalarle más y más sonrisas como las que seguro ahora deberá tener dibujada mientras lee estas palabras.
Muchacha de los abrazos, usted es prioridad.
Genealogía
El otro día decidí estudiarme. Y opté por realizar una genealogía mía.
Mis orígenes. Mi descendencia.
Pero nada de antepasados. Genealogía interna. Propia.
Y empecé por la siguiente pregunta:
¿A qué edad habré nacido?
Todavía no puedo continuar.
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